Y llega con un raudal desbordante, absolutamente descontrolada, y me hace sudar la gota gorda del amor. “Despierta”, parece decirme con su polifónico susurro encerrado en la pista de la que emana sin pudor hasta mi oído. Y miro a través de la ventana y, quizás porque es un nuevo día, el sol no baña el sueño del salón y es el frío plúmbeo de este otoño el único líder del paisaje. Acato sus órdenes y despierto. Con los ojos bien abiertos observo el letargo muerto a mis pies, veo desaparecer ese letargo, evaporarse hacia quién sabe qué cielo, sobre quién podría adivinar qué nube.
Ahora estamos ambos a solas. Mezclamos nuestras músicas con la maestría del viejo barman de la boca del túnel y nos embebecemos ante la belleza una vez más. Me sonríe la Fortuna con picardía y yo le devuelvo mi sonrisa penitente. Ambos sabemos que mientras caminamos de la mano hacia el abismo impenetrable del sentido se tiran los silencios desde altas torres, suicidas de los que nadie se percata. Ambos ignoramos cuándo emprendimos este camino y, por supuesto, ninguno de los dos puede ver el final del camino ni el fondo del abismo. Pero caminamos de la mano esta tarde que fue de sol y ahora es de sombra, que fue de sueño y ahora es de vigilia, que fue silenciosa y ahora es tan musical como la nana de una madre volcada en el rostro de su recién nacido.
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