
Tengo que reírme. Pero no una sonrisa que pinta plano un fondo en la comisura, sino una risotada dolorosa, de aquellas que te parten y te lanzan a la alfombra en busca de un alivio indeseado. De dibujar dibujo una gran carcajada, tremendo escupir de divertida lava, cuando me hablan del eterno retorno aquellos que nunca retornaron, que nunca se movieron de su verdad. Nada de pegas que pegar, entre otras cosas porque no hay tímpanos que recojan mi risa alrededor. Retornado otra vez, ciclón de las inconstancias saludables, enemigo voraz de mis rutinas, al abrazo oscuro y amistoso que se parapeta tras la barra –defendido de tanto hace ya tantos tanto-. Y qué alegría tan privilegio me arrastra hacia el reír. Y más cuando me hablan del eterno retorno los filósofos de la inacción. Uno encuentra placer en un frontón del que uno conoce su secreto: ninguna bola lanzada regresa del mismo modo tras estrellar su cuerpo contra el muro. Variables y detalles hacen del retornar un hallazgo eterno e inconcluso. Nunca anochece igual. Hasta en los ojos. Y noches diversas paren diversos soles. Nunca es el mismo segundo el que arropa tu delirio, el que llama delirio a tu constancia, el que llama constancia a tu retorno. Y aunque insistan y aparentemente... Yo no sé lo que es parece. Me tengo que reír, iluminado de gozo, al recordar las enseñanzas de las estatuas, ¡altivo de mí! Descerrajo sonrisas sin ánimo de ofender al ofendido nato. En silencio. Solo. Sin gesto que delate la alfombra, el suelo, el volcán, el risible retorno. Alguien lo entenderá, pero no seré yo. Mi papel es otro bien distinto. Expositor de emociones invisibles nunca en venta, expongo mi cachondo pensamiento sin alterar el orden natural, sin arengar a nadie, sin lanzar al mundo a una batalla que retornará a su absurda procedencia. ¿No es como para perder los tornillos en alguna esquina? ¿O será para enlutar el gesto y fustigarse? Nunca bota la pelota de plástico amarillo en el mismo punto del hormigón, y cambia la fuerza y la dirección muda. Es todo extraordinario: la risa y el retorno, el frontón y esta silla, esta mesa, este lugar, camaleón sin nombre dispuesto cada noche a ser absolutamente reinventado, insospechadamente retornado. Viendo el panorama, ¿tengo o no tengo que reírme?

Vivir en este instante y olvidar todo aquello que pasó debiera ser el único objetivo de esta voluntad mía. Vivir en los ojos de los demás y no en la interna mirada que me apresa sería el único premio que debiera esperar tras tanto juego. Beber el vino apaciaguado y calmo y calmarme yo y dejarme apaciguar por él tendría que ser el esfuerzo único de esta noche recién atardecida. Sentir el frío. Sonreír. Tenerlo claro todo y sin embargo flaquear y no encontrar en nada un minúsculo atisbo de esperanza. Pasará esta noche y quizás mañana, al despertar y ver la luz recién amanecida se irán como el vapor los tristes pensamientos. Me escudo en el bullicio una vez más, legítima defensa en el batalla eterna que impele sin razón a la soledad. Espero, mientras viajo de aquí para allá, a unos amigos. Pronto compartirán vino y mesa -mármol frío como el aire- con mis fantasmas; quizás también conmigo si despierta su presencia mi ánimo hundido e infecundo. Como véis, la esperanza late tímida, moviendo el pulso de este instante sobre el cuaderno negro, compañero mío inestimable. ¡Ojalá no existiera la distancia que separa la euforia de la pena! De ese modo podría yo pasar por alto todas mis heridas y elevar mi voz... y mi cabeza. He cambiado de mesa. Me sitúo junto a la acera, en el límite exacto del refugio. Un paso más allá se mueve el mundo en un carro de niño, dentro de una bolsa de basura, apoyado en el bastón de un anciano. Se mueve el mundo cuesta arriba y cuesta abajo y cuesta y cuesta, cuesta verlo y no participar del movimiento ni del mundo. Preferir la quietud. La mesa de mármol frío, el vino apaciguado y calmo, el cuaderno compañero y la espera tranquila del amigo. Preferir vivir en este instante a traspasar la puerta que invita a poner los pasos en la acera y caminar de la mano del mundo que, cuesta a cuesta, se mueve incesante y tenaz. Estar dentro y fuera al mismo tiempo. Ser y no ser en el instante eterno que tiñe de nostalgia este propósito, esta meta, este sueño de la voluntad, anclado en medio de tanta reflexión y tanta espera.







